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La Tandariola en Wirikuta



PRIMERA PARTE

Un místico lugar en las inmediaciones de Real de Catorce, en San Luis Potosí. Wirikuta es el nombre que le dan los wixaritari (huicholes), siendo uno de los lugares más sagrados en su cosmogonía, que han conservado casi intacta desde la época prehispánica. Representa el Este, el lugar donde nació el sol, donde se originó el mundo. Aquí crece el híkuri, ese cactus sagrado de uso ritual que es base de su espiritualidad. Desde hace miles de años peregrinan hasta acá para recolectarlo, dejar ofrendas y encontrarse con sus dioses. Wirikuta es la base en la que se sustenta la identidad del pueblo Wixárika, su cultura y su existencia misma.

Pero este es un lugar de peregrinación no solo para los wixaritari. Muchas personas con afinidades espirituales diversas peregrinan hacia Real de Catorce: los fieles a San Francisco de Asís, los del movimiento guadalupano, los del camino rojo, los de la mexicanidad, los concheros, los estudiosos del tzolkin, e incluso monjes tibetanos o religiosos de la India, por mencionar algunos. Y ahora también los tandarioleros.

Escuchamos sobre lo que estaba pasando en Wirikuta: siendo una reserva ecológica natural y cultural, se otorgaron concesiones para proyectos de megaminería en manos de capital extranjero. Nos enteramos de la lucha del pueblo Wixárika para defender su territorio sagrado de la devastación que la minería implicaría para un ecosistema como este. Quisimos venir a conocer el lugar, para que no nos lo platiquen, investigar más a fondo y tratar de apoyar. Y llegamos al desierto, descubriendo así que la problemática es mucho más compleja.

Nos encontramos con que los habitantes de esta región, de tradición minera desde la época colonial, están a favor de que se reactiven las minas, pues lo ven como una oportunidad de crecimiento económico: aquí no hay trabajo. No hay dinero. Ni siquiera hay agua. La única fuente de ingresos en la Sierra de Catorce es el turismo que llega atraído por la leyenda de este místerioso lugar de minas abandonadas, de polvorientos pueblos fantasmas y de peyote; pero si acaso es negocio, lo es sólo para unos cuantos privilegiados con propiedades, hoteles, tiendas o restaurantes.

Bajando de la Sierra, en el Bajío, se abre otra posibilidad: la agroindustria tomatera. Extensos invernaderos se imponen al semidesértico paisaje, plásticos blancos donde antes crecían cactus. Constituyen la principal fuente de empleos en la zona, mientras provocan un grave desequilibrio medioambiental por la deforestación que implica su construcción y por la práctica de espantar a las nubes con bombas químicas, para que las lluvias no arruinen sus artificiales cosechas. Lluvias que de por sí escasean cada vez más, provocando el agotamiento de los manantiales y la muerte de animales salvajes y ganado.

Y por si la pobreza y la sequía fuera poco, la creciente violencia que azota al país aquí también se ve reflejada. Por un lado Zetas, por otro la Marina; por aquí narcos, por allá campesinos armados. La tensión se siente en el ambiente, la violencia se respira en el aire. Todo esto lo vamos experimentando mientras vagamos por el desierto, de pueblo en pueblo, de ejido en ejido, de rancho en rancho. De Matehuala a Cedral, de Vanegas a El Real, del Catorce a El Tecolote, de Lavaderos a Las Margaritas, de las Ánimas al Bernalejo, de Wadley a Estación, de Coronados a San Antonio.

… Hasta aquí llegamos, ¿será la gasolina? Mira que son las fiestas. ¿Y si hacemos algo? Va. Un performance. Con danza. Y fuego –abuelito Tatewari. De los cuatro elementos. Los cinco: pentágonos icosaédricos, no ves que ya ando bien conectadote. Así que nos quedamos en San Antonio de Coronados, preparando un número artístico para las fiestas, mientras arreglamos la camioneta y taloneamos para los gastos. O mejor nos internamos en el desierto. Abrazados por la tierra, cobijados por la luna, calentados por el sol, alertados por la liebre, franqueados por la yuca, defendidos por la serpiente, cuidados por la biznaga, vigilados por la lechuza, cubiertos por la gobernadora, arrullados por el coyote: despiertos por el peyote. Venadito azul.

LEER LA SEGUNDA PARTE
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