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Ceremonias en el desierto



TERCERA PARTE DE LA TANDARIOLA EN WIRIKUTA

Después de tres de meses de andanzas por el territorio sagrado de Wirikuta, de indagar sobre la incursión minera en la zona, la lucha de los wixaritari, las opiniones de los mestizos y extranjeros que viven aquí, de los turistas, viajeros y peregrinos, decidimos que es tiempo de regresar para seguir en la lucha desde Guadalajara, nuestra ciudad de origen y punto importante de concentración Wixárika. Pero no nos vamos sin antes acercarnos a los espíritus que habitan estos parajes, por medio del encuentro con nosotros mismos.

Un día aparece un grupo de temazcaleros provenientes de León, con ánimos de compartir con más personas lo que han aprendido sobre estas ceremonias. Así es que antes de darnos cuenta, ya estamos levantando una casa de vapor hecha con varas de madera y cobijas. Encontramos un lugar ideal a las afueras de Matehuala, cerca de nuestra casa, en un bosquecito de mezquites. Conseguimos unas abuelitas, las piedras volcánicas necesarias para iniciar la ceremonia y listo, se prende el fuego, nos desvestimos, y a sudar, a cantar, a orar, a vivir nuestro temazcal. Experiencia única de contacto con la tierra, con el fuego, el aire y el agua, los elementos generadores de la vida. Experiencia para mandar al fuego todo lo que ya no queremos, lo que no nos sirve, y nacer como nuevos del vientre de nuestra Madre Tierra, purificados. Experiencia para trascender los miedos, traumas, fobias y complejos. Experiencia para sanar el cuerpo, la mente y el espíritu. Experiencia para compartir, para hermanarnos, para expandir el amor. Experiencias personales de cada uno de los que la viven, de esas que nunca se borran. Tradición milenaria, que se repite en diferentes culturas alrededor del mundo, que en México ha sido conservada por las parteras, y que recientemente ha sido redescubierta, sincretizada y resignificada por distintas espiritualidades modernas.

Después de eso decidimos internarnos de nuevo en el desierto, para acampar todos juntos antes de separarnos. Ahí pasamos una última semana de vida en comunidad, en familia y hermandad. Nos instalamos bajo un gran árbol y de ahí caminamos y recorremos los parajes cercanos, subimos colinas, atravesamos llanos espinosos, tenemos encuentros cercanos con animales y plantas. Experimentamos lo que el desierto nos ofrece: calor, frío, agua, sequía, alimento, hambre, medicina. Una ceremonia de híkuri con los hermanos y hermanas que conocimos en Wirikuta, con los que vivimos y convivimos estos meses, hermanos que quedaremos unidos por siempre en nuestros corazones. Y finalmente nos despedimos. Desierto sagrado, la lucha sigue.

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